sábado, 17 de octubre de 2009

Marley y la puta que te parió

Si bien todas las familias felices se parecen, hay algunas que se destacan por una presencia central: digámoslo sin más vueltas: un perro. Yo siempre supe que soy más bien un cavernícola: huelo mal, hablo mal, como mal, me rasco los piojos y hago garabatos en las paredes; pero lo que más confirma mi primitiva sangre es el apego a la jauría. Que los lobos me sigan, que aúllen conmigo, que me acompañen en el éxtasis de observar nuestra primera fogata.
¿Por qué será que sólo recuerdo de los veinticuatro cantos de La odisea el momento en que Argo, viejo y ciego, acerca la trompa y pega su reseco hocico contra la piel del recién llegado amigo, inhala esa larga amistad y, tal vez, toca apenas con su lengua (en una cata amorosa) la piel encuerada, tan sólo para confirmar que sí, que Ulises había regresado?
(Mentira: también recuerdo el gran final, a toda orquesta, con rayos truenos y confeti, con todos los personajes entrando y saliendo de cuadro, unos para aquí, otros para allá, las manos en alto levantándose la enagua para no pisarla en la huida. Mientras tanto Ulises, apartado, saca un arrugado cartón de cigarrilos e intenta encender uno. Zeus lo ayuda. Es para reírse, pero la gente no sabe que en ese momento el pucho está dedicado a Argo).
Entendámonos: ni el aya ni la esposa ni el hijo cuentan en la escena del reencuentro. ¿Qué pensaban los griegos de la amistad interespecie? Para ellos, ¿amaban los perros? ¿O sólo eran fieles? Yo no lo sé, no soy ni helenista ni nada, más bien no soy nadie (Borges dixit: "Yo he sido Homero; en breve, seré Nadie, como Ulises; en breve seré todos: estaré muerto"; busquen "El inmortal", la cita es de por ahí).
Pero un día llegó Descartes, manejando un cuatrimotor. ¿Y saben lo qué pasó? Los animales se volvieron como esos perros robot japoneses de ahora, que mueven la cola, buscan la pelota y gruñen: puras máquinas. Yo me lo veo a Descartes diferente, una mañana de otoño, al lado de su pecera. Acaba de encontrar a su goldfish panza arriba. Descartes no para de moquear y comprende la finitud de la existencia. Esa misma noche se emborracha y va a buscar a su vieja noviecita de juventud, de quien se había olvidado por años y a quien va a tratar de recuperar, cueste lo que cueste (pero no sabe que ya se murió en uno de sus partos).
Lo siento, deliro como los romanos. ¿Saben ustedes que delirar tiene relación con la idea imperial de expansión? Perdón, perdón, voy a enfocarme.
Mi recuerdo más antiguo es el día en que elegí al perro pequinés que me acompañó hasta, no sé, los diecisiete años. Cuando ya estaba bastante viejito y había sido reemplazado en nuestros corazones egoístas por el gato más hermoso del mundo (Buddha nos lo va a hacer pagar caro) lo encontré una vez mirando con su ceguera la cama donde toda su vida había dormido, pero a la cual ahora sus patitas no le permitían saltar. Me agaché a su lado y le pregunté: "¿Querés subir?". Me movió la cola. Sé que soy una basura y me voy a morir diez veces y seguiré reencarnando en escarabajo. Ese día lo alcé y lo dejé durmiendo sobre el colchón. Murió poco después.
Algunos años después tuvimos otro perro, y nuestras almas podridas se olvidaron del gato por un tiempo. El gato vivía arriba de los muebles, lejos de la energía de un cachorro excitado. No sé cuánto tiempo estuvo ese gato arriba de la biblioteca. ¿Cuándo bajaba a comer? ¿Esperaba a que el perro estuviese dormido? La cosa es que una noche tuve que saldar cuentas con el destino: me puse el gato bajo un brazo, sus cacharros de comida y de agua bajo el otro y me fui a la pieza, para que pasase al menos una noche con un ser humano y lejos del cachorro. El gato me lo agradeció.
Lo que quiero decir es que somos de lo peor, pero los animales se vengan de nosotros, con esa maldita bondad gandhiana y desesperante. Necesito ser fulminado por el rayo de Zeus, que me pegue bien en el centro de mi hara y que mi fucking Cosmo se eleve hasta el arayashiki. Que Saori Kido vaya a mi encuentro con los brazos desnudos y abiertos, me cante nanas y me haga dormir. Que Saori Kido me dé consuelo, si es que lo hay.