1.-
No lo recuerdo muy bien, pero en Sierra Morena a Don Quijote le dio por hacer en cierto momento (digamos que por la mitad del volumen de 1605), algunas cabriolas que demostraban cuán enamorado se encontraba. (Nota mental: releer Don Quijote, pero esta vez la versión completa, no la escolar). No estoy seguro de esto, pero creo que Don Quijote hace lo que hace porque supone que el narrador, fuera quien fuere, estaría tomando notas de sus estupideces, para luego escribir sus gallardas aventuras. ¿Es así, Amado Alonso? Yo no lo sé, pero me viene bien comenzar por aquí. Y que la verdad se las arregle sola...
De lo que estoy hablando es de la vida guionada. De practicar el coqueteo insistente de la adolescente que le importa un rábano ese hormonal virgen con el que está hablando, sino que sólo quiere que el otro (Joaquín, de 5to C, ya tiene registro y le gusta andar en motitos en Gesel) vea el maquillaje y el peinado y el hombro desnudo. El teatro de la vida, sin más.
De lo que estoy hablando es de la vida guionada. De practicar el coqueteo insistente de la adolescente que le importa un rábano ese hormonal virgen con el que está hablando, sino que sólo quiere que el otro (Joaquín, de 5to C, ya tiene registro y le gusta andar en motitos en Gesel) vea el maquillaje y el peinado y el hombro desnudo. El teatro de la vida, sin más.
Todos tenemos un narrador (un brujito mago) que escribe para el chisme. De ahí la hermosa frescura que se desprende con una mezcla de haiku y samsara: el bendito "¿Qué estás haciendo?" del Facebook. Un día voy a escribir: "Mitosis", que es básicamente lo que vine haciendo desde que el Buddha me digitó este plano humano, porteño y miope.
Las narraciones de la existencia son taimadas: veamos esa crispación de la primera cita. ¿Cómo explicarse uno, cómo presentarse ante esa deidad dignada a compartir una cesta de pan con un pastenaca? ¿Cómo representar todo lo que aquel señor, fijado en el comercial de la colonia after shave, no necesita representar porque, ante todo, lo es?
Las narraciones de la existencia son taimadas: veamos esa crispación de la primera cita. ¿Cómo explicarse uno, cómo presentarse ante esa deidad dignada a compartir una cesta de pan con un pastenaca? ¿Cómo representar todo lo que aquel señor, fijado en el comercial de la colonia after shave, no necesita representar porque, ante todo, lo es?
Bueno, ¿qué quería contarles? Ah, sí. En el mundo de hoy, que no es muy diferente del de ayer ni del de 1605, continuamos exhibiéndonos en el escaparate de ofertas. Desde que la cantidad de libros, obras, teorías y monstruos racionales nos aplasta con sus patas caudalosas, hemos decidido resignar cada idea por el mero pasatiempo. El viejo rezongo de 1984 se hizo realidad hace ya tiempo y nos enfrenta todavía con sus armas que parecen bombuchas (es decir, inofensivas) pero que pueden, ¡ojo!, estar hinchadas de meo.
Vengan los reality shows, las narraciones finiseculares cuyas tramas parecerían remitirse a un microanálisis del tic, del tropiezo y de la mueca casi involuntaria. Un simple mechón de pelo que debe ser acomodado detrás de la oreja o un mate que tarda unos segundo de más en pasar de mano (aeguraríamos que el roce de los dedos está demorado, vibra), o incluso la tarde perdida en una meditación al margen de una lluvia que limita los movimientos en la piscina, la granja y el cuarto de juegos... ¿No hay una educación sentimental aquí?
Se pueden hacer lecturas dispares. Las más obvias (que aceptamos, claro) no son las que nos interesan. Buscaremos, por el contrario, la comprensión. La hipnosis de los largos paneos que exhiben cómo se mastica una tostada al calor de un vacío de ideas, tanto como la fascinación por la búsqueda del encendedor entre las sábanas, debajo del forro de la almohada, en el cajón de la espumadera... ¿Por qué, entonces, creer necesario que haya una vaca que ordeñar o una fiesta de disfracer que encarnar?
Vengan los reality shows, las narraciones finiseculares cuyas tramas parecerían remitirse a un microanálisis del tic, del tropiezo y de la mueca casi involuntaria. Un simple mechón de pelo que debe ser acomodado detrás de la oreja o un mate que tarda unos segundo de más en pasar de mano (aeguraríamos que el roce de los dedos está demorado, vibra), o incluso la tarde perdida en una meditación al margen de una lluvia que limita los movimientos en la piscina, la granja y el cuarto de juegos... ¿No hay una educación sentimental aquí?
Se pueden hacer lecturas dispares. Las más obvias (que aceptamos, claro) no son las que nos interesan. Buscaremos, por el contrario, la comprensión. La hipnosis de los largos paneos que exhiben cómo se mastica una tostada al calor de un vacío de ideas, tanto como la fascinación por la búsqueda del encendedor entre las sábanas, debajo del forro de la almohada, en el cajón de la espumadera... ¿Por qué, entonces, creer necesario que haya una vaca que ordeñar o una fiesta de disfracer que encarnar?
2.-
En 2009 nuestro tiempo libre tuvo la oportunidad de satisfacerse con dos obras, una televisiva y otra editorial. La primera fue una serie británica llamada Dead Set. La segunda es una novela del escritor argentino Sergio Bizzio: Realidad. Ambos transcurren en las casas de Gran Hermano y sus alrededores, los pasillos secretos desde los cuales se espía qué sucede dentro, las salas de edición, el canal, el barrio... Cada una de las casas instaladas y activas recibe un ataque externo y, debido a eso, cambia por completo el panorama de lo que hasta el momento se llamaba "juego". En Dead Set todo se descalabra con una invasión de zombis; en la novela Realidad, un grupo fundamentalista toma de rehenes a todo aquel que se encontraba en el canal y, por pura mala suerte, los chicos que participaban en Gran Hermano sufrieron ídem.
¿Por qué narrar las peripecias de una yunta, dentro de una casa filmada, sólo a partir de la injerencia de lo anormal? La chispa de mi inteligencia basada en libros de Barthes me ofrece esta respuesta: porque dentro no pasa nada. Y la cisura de Rolando se adelanta y responde con esas fotocopias de Heidegger que leyó para el segundo parcial: porque el ser se expone cuando algo-a-la-mano se abre en el modo de la disfunción.
Y así. Las narraciones de reality shows suponen que, de no haber una avanzada novedosa (y la novedad viene siempre de afuera), el relato de lo que ocurre dentro es tan vano como las mismas grabaciones del programa. Un texto que narre sobre un reality show tiene que diferenciarse de él (y esto es lo más fácil: ceci n'est pas une pipe!). La premisa es contar algo distinto y, por ende, que ponga en evidencia los mecanismos del Gran Hermano, las vaciedades de los participantes, la codicia del productor, y un sinfín de payasos de la comedia del arte.
Alguien me anduvo contando que la velocidad es a la sensibildad lo que el video es a la estrella radial: el perfecto asesino. La cosa viene por este lado: a medida que este homo sapiens sapiens se encaramaba en vehículos más y más rápidos, se fue adaptando a una tecnología del confort, a una pedagogía de los micromovimientos y a una confianza en los reflejos: en definitiva, el cuerpo se difuminó. Hoy día, si pensamos así, ¿qué es el cuerpo, entons?
No sé. Pero si fuera así, ¿qué diríamos de esos seres que frenan sus cuerpos por meses, que sólo se mueven de la piscina al confesionario, del confesionario a la habitación compartida para ver, tal vez, un torso o una nalga? Es el cuerpo el que se irrita en cada centímetro cuadrado, y sin necesidad de producir una fiesta árabe o una sesión del juego de la botella. Cuando se asienta el deseo y la lubricidad del ojo, de la mano, de los espacios compartidos, el freno de esta pausa es la omnipresente velocidad de la fibra óptica.
Ahora, durante la estación lluviosa, los monjes tailandeses, los de la tradición forestal, se retiran a su kuti y meditan hasta que el clima cambia a otro más benigno. Es un trimestre de quietud, monotonía, austeridad extrema. Las largas estancias en la posición que privilegia la mente tranquila se extienden ilimitadas. Sin velocidad, ¿qué hay del cuerpo? Claro que dirán que esta práctica hace que desaparezca: hay un escape y una pasividad. Yo no lo creo. Pienso que se logra una densificación intolerable del mundo, y sólo los privilegiados transcurren en ella.
¿Ven el paralelismo y la diferencia? En ello se nos va la apuesta. Me pregunto cómo podemos estar un cuarto del año sin hacer nada, ya sea en la cabaña del monje, ya sea en las instalaciones del Gran Hermano (los caminos divergentes ahora no interesan). Es sintomático que una docena de chicos (digamos, en la veintena, sin olvidar que toda producción exige la participación de un(a) treintañero/a y de un(a) cordobés/esa) puedan dejar de integrar la sociedad por tanto tiempo y nadie resienta de tal falta. Si esto es así, es porque la sociedad declara la prescindibilidad de grandes masas mientras haya consumidores. Y consumidores es lo que sobran (vienen sobrando). El desperdicio del ser humano no lo inventaron los productores ni nadie, pero es un gran mecanismo de concentración. Sí, claro: estos chicos están acumulando lo que sea que después les brindará la posibilidad de ser ellos mismo los consumidores. Pero, a la larga, no es un cálculo de resta cero, sino que lo producido muestra los tintes de la consumisión en el amplio espectro. Las narraciones de los reality shows no vacilan entre la lobotomía y el apático spleen posmo. Muy por el contrario, sus leyes narratológicas, conjugando tanto modos de existir ya impuestos en el mapa colectivo humano (pero en una inversión escatológica), como mitologías contemporáneas sobre las irresistibles tentaciones de la velocidad, el éxtasis, etc., construyen relatos que atrapan no por la idiotez del espectador (en una sincronización con el participante, ya que el que ve el programa bien podría estar "jugando" dentro del show), sino por la sordidez misma de la fábula. De ahí que el reality show sea, sin más, la consumación de la realidad consumible.
3.-
Como dijo el gran emperador de Mongo: ¿continuará?
Como dijo el gran emperador de Mongo: ¿continuará?



