Como un gato que acosa el pulóver de su dueño: no extraigo nada y mi ronroneo muere en un sueño plácido pero profundamente instatisfactorio.
No, no. Mejor empecemos bien arriba (episodio de How I Met Your Mother en que se discute cómo debe ser un mix tape: conclusión: bien arriba, con "You Give Love a Bad Name"; yapó).
Entonces:
Como los eclipses, rejuvenecedores, que tienen la virtud de ser el último del milenio, pero que luego nos brindan la oportunidad de vivir el próximo cuyo aparición, inevitablemente, se adelanta y acontece a la semana siguiente del tan anunciado postrero.
Hoy les voy a hablar de Piedra y Piedrita. No son un dúo de payasos, les rompo la expectativa. Fueron vecinos míos durante más de diez años. A una cuadra de mi casa paterna hay un jardín en el que siempre había un perro bóxer. Lo vi por primera vez en 1995 ó 1996. Luego, más o menos en el 2000, apareció un cachorro, también bóxer. Como nunca supe sus nombres, yo los bauticé por la personalidad del mayor: siempre tranquilo, estático, firme en su postura expectante. Al aparecer el segundo, le dije Piedrita, aunque su personalidad era mucha más activa.
¿Qué bobada les estoy contando?
Los últimos años de Piedra fueron de una vejez parsimoniosa, gorda y canosa. Amaba ser acariciado por quien pasara. Yo nunca, absolutamente nunca, dejé de hacerle algún mimo, porque me movía su imaginario rabo y me babeaba la mano. Había que luchar contra Piedrita, que buscaba acaparar toda la atención y toda palma cariñosa.
¿Cuándo fue la última vez que lo vi? No lo sé. Pero sus últimos festejos fueron lentos, torpes, agradecidos.
Si hay alguien a quien quiero volver a ver en el cielo (que espero que sea como los elementos químicos que completaron el álbum de figuritas Cromy), ese alguien es mi amigo Piedra.
Por vos esta noche hago bai bai, mi chiquitín.
(¡Zas! Me salió la chorrada más cincuentona gourmetera paluch revival del portal de las mascotas posible. ¿Me estaré convirtiendo en mi propio enemigo? En garde!)