sábado, 22 de mayo de 2010

Tantum animalia

Me imaginé un haiku como este:

23 están felices,
7 están enojados.
Me cago en los 30.

Pero no, definitivamente no es un buen haiku. Además, transmite mala vibra.

A lo nuestro.

Esta vez no me enganchan. Ya estoy con el caballo cansado. Quiero decir, si antes fue pura inocencia y, por qué no, curiosidad, ahora sólo sería un morbo calladamente enfermizo. Total, llorar es llorar como siempre: la unidimensionalidad del llanto, diría algún transnochado con chucrut en la barbilla. Así, llorar es la resolución de una ecuación fisiológica: a través de nuestros caños y fuelles, hay aire y agua que, según presiones y calores, abren o cierran compuertas y grifos. Dui bu dui?

Bu dui, cabrón.

Richard Gere es el Claudio María Domínguez de los estadounidenses. Uno se hizo budista, el otro se hizo un guisado polipanteísta. A uno se lo recuerda en una foto con el Dalai Lama; al otro, con la Madre Teresa, en la confusa improvisación a mitad de camino entre bendición y terrenal handshake (en cámara lenta, con Enya de fondo, sivuplé). Uno es actor; el otro, también.

Si Richard Gere sonríe, sonaste; es como el humo negro de Lost: mejor que no te hable, porque, de hacerlo, estás atrapado en sus redes. (Ayer estaba en un supermercado. Tomé un frasco de humo líquido y me fue imposible no pensar en el monstruo de la isla: ahí, compacto, densificado; lo acerqué al oído para ver si se oía algo, susurros, truenos... No, nada).

Cuestión que este Gere se despachó con una película que se llama Hachi: A Dog's Tale (2008). En español, Siempre a tu lado. A ver, unamos: un perro que siempre está a tu lado. Carajo, estoy frito.

Juro y requejuro que soy más diverso que esto. No sólo pienso en perros. En el mundo también hay gatos, claro. Pero los perros me reclaman, y a mí público me debo. Prometo hablar de otras cosas, eventualmente. Por ejemplo, Lost. O Romina Paula. O Vampire Weekend. O perros.

Tal como dije: esta vez no me enganchan. Je, a veces hay que intentar el salto para ver si Mario llega hasta esa nube ascendente; mientras haya al menos 1 life up, es una táctica válida. Si muere, sé que hay que ir por otro lado. Pero como estrategia, la cosa se vuelve más complicada. Por eso, fui, vi y lloré con Marley y yo, pero hoy me reservo las lágrimas para otras cosas, gracias.

¿De qué la va Hachi?, el pueblo quiere saber. Ojuerli: Beist onatrú estori. En Japón, hubo un amor sin par: bah, lo de siempre. Hombre conoce perro. Perro conoce hombre. Se enamoran. Hombre muere. Perro va todos los días a la estación de tren a esperarlo en vano. Público necesita Gatorade para hidratación.

¡Hachi! ¡Hachi!

Como se ve, es el reverso de la peli de Wilson + Anniston. En esta, el que espichaba era el pichicho. Pero era mucho más que esto: la agonía y, claro, el entierro y el álbum de recuerdos de cuando era cachorro. Me di vuelta como un guante. Me infarté tres veces. Suerte que no era una primera cita, porque no mostré mi mejor imagen. Se me corrió el rímel. Hipé hasta el vómito. Fui un Katrina sin retorno. Te odio, te odio, te odio, Owen Wilson, te odio por haber tenido tan buen amigo, hijueputa.

Por el contrario, Siempre a tu lado es atroz ya desde el título local. Porque hay una imposibilidad propia del adverbio "siempre" en el círculo de lo consciente. Decir "Te amaré por un tiempo relativamente largo" es un poco menos cursi, más verdadero, pero definitivamente menos romántico. Por eso insistimos con el bendito "siempre".

En el canino modo, el colapso se da porque cada instante es, en sí, eternamente ignorante. La ansiedad de un perro en una estación de tren, que cabecea ante una multitud que no tiene el olor del dueño a quien aguarda, la ansiedad del hocico, la ansiedad de las orejas que, independientemente, buscan la voz reconocible, la ansiedad que carece de proyecto: el sufrimiento es nuestro, porque percibimos la inutilidad del acto y de la incipiente esperanza. En este sentido, se reconoce la invertida verdad rechazada: no saberse mortal (y, por ende, no comprender qué es la finitud) deja de ser una virtud y se torna una prisión de la que no se escapa jamás (es decir, por un tiempo relativamente largo).

Hay una canción de Gabo Ferro que, de paso, habla de perros. Pero no quiero rescatar esa parte, sino el mismo estribillo. Dice así:

"Soy todo lo que recuerdo;
y vos, todo lo que has olvidado".

En esta asimetría se encuentra la extraña amistad (digámoslo claro: el extraño amor) entre un ser humano y un perro. Ahora, cuando el que recuerda está incapacitado de recordar porque carece de ese estar; ¿cómo puede ser recuperado desde el olvido? ¿Qué alquimia (por fuera de las sinapsis y de la mecánica rastrera) posibilita continuar con esa creencia infame, pura, salvaje y desagarradora?

Lo siento, no tengo un remate para esto.

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