miércoles, 10 de febrero de 2010

Amigo piedra

Como un gato que acosa el pulóver de su dueño: no extraigo nada y mi ronroneo muere en un sueño plácido pero profundamente instatisfactorio.
No, no. Mejor empecemos bien arriba (episodio de How I Met Your Mother en que se discute cómo debe ser un mix tape: conclusión: bien arriba, con "You Give Love a Bad Name"; yapó).
Entonces:
Como los eclipses, rejuvenecedores, que tienen la virtud de ser el último del milenio, pero que luego nos brindan la oportunidad de vivir el próximo cuyo aparición, inevitablemente, se adelanta y acontece a la semana siguiente del tan anunciado postrero.
Hoy les voy a hablar de Piedra y Piedrita. No son un dúo de payasos, les rompo la expectativa. Fueron vecinos míos durante más de diez años. A una cuadra de mi casa paterna hay un jardín en el que siempre había un perro bóxer. Lo vi por primera vez en 1995 ó 1996. Luego, más o menos en el 2000, apareció un cachorro, también bóxer. Como nunca supe sus nombres, yo los bauticé por la personalidad del mayor: siempre tranquilo, estático, firme en su postura expectante. Al aparecer el segundo, le dije Piedrita, aunque su personalidad era mucha más activa.
¿Qué bobada les estoy contando?
Los últimos años de Piedra fueron de una vejez parsimoniosa, gorda y canosa. Amaba ser acariciado por quien pasara. Yo nunca, absolutamente nunca, dejé de hacerle algún mimo, porque me movía su imaginario rabo y me babeaba la mano. Había que luchar contra Piedrita, que buscaba acaparar toda la atención y toda palma cariñosa.
¿Cuándo fue la última vez que lo vi? No lo sé. Pero sus últimos festejos fueron lentos, torpes, agradecidos.
Si hay alguien a quien quiero volver a ver en el cielo (que espero que sea como los elementos químicos que completaron el álbum de figuritas Cromy), ese alguien es mi amigo Piedra.
Por vos esta noche hago bai bai, mi chiquitín.
(¡Zas! Me salió la chorrada más cincuentona gourmetera paluch revival del portal de las mascotas posible. ¿Me estaré convirtiendo en mi propio enemigo? En garde!)

lunes, 18 de enero de 2010

...a buscar? A ti

Bienvenidas sean las listas. Y, para colmo, en este momento, en que nos encontramos conjurados en el centro no sólo del último eclipse anular del milenio (hasta tanto no haya otro el mes que viene) sino además del fin de año y de década, década que define cómo sigue el siglo. Por eso, listas sobran, y nosotros nos las apropiamos como ladrones de arte. Ahí está la crème de la crème, el danette de la música, los libros y el cine, y de todo lo que ustedes quieran.
Hubo un voto que se repitió por doquier: el elepé del grupo británico The xx, titulado xx, entraba en todo top ten del 2009. ¿Qué era este grupete, cuarteto devenido terceto, que ni nombre tenía? (Un médico me vio unas ronchas y me dijo que tenía "la quinta o la sexta": los médicos, que le ponen nombre soberbio a todo, ni se dignaron a llamarlas periquitinosis o flagelalia).
Aquí estamos. ¿Es un buen disco? No es el mejor del año (nadie dijo esto, pero hubo quien le adjudicó la medalla de plata). Para mejor, escuchen a los animales colectivos, que se las saben todas y cada vez cantan (tocan y samplean) mejor. Escuchen a Antonio y Los Yónsones, salido allá por enero, una obra simplemente hermosa. ¿Algo más? Yo La Tengo no me interesó mucho, a Grizzly Bear lo debo escuchar más, Los Flamingos me abrumaron y lo abandoné rápido (voy a volver), Devendra Banhart me dio mucho cariño y quisiera verlo en vivo, Girls merece que se le dé su propio cometario (su “Hellhole Retrace” pintaba para canción del año, hasta que apareció “What Would I Want? Sky”, fabulósica). ¿Algo más? Tengo que darle el play a Dylan, a Wilco... ¡Ah! Me encantó Dirty Projectors. Lo que no me interesó fue eso de los Wolgang Amadeus Phoenix, aunque mejor me callo y que no pase lo de ningunear a Banhart, cosa que hice allá por septiembre de 2004, cuando creía que ELP era lo mejor que le había pasado a la música, sin saber que lo mejor que le había pasado a la música había sido sin duda el fin del rock sinfónico.
Bien, xx. Una sucesión de pimpineleadas entre una mujercita y un niñito (¿cuánto tienen? ¿diecinueve años? ¿Y hablan de amor? Es como el niño de once o doce que cocinaba en la televisión y que decía: “a los venezolanos nos gusta usar anís, porque nos hace recordar cuando nuestras madres cocinaba arepas”). No hay mucho y esto es lo que el disco celebra: contarlo todo con los pobres elementos de guitarra, bajo, percusión y duetos que generalmente detesto, aunque haya sido hipnotizado por la grandiosa “I've Had The Time of My Life”. Gasté walkmans con esta y el amado 14 Hot Hits, llamado verdadera y únicamente “catorce jot jits” y que aquí está:


Todo comienza con “Intro” (esperen, apago “Hungry Eyes” –sí, estoy con un fucking revival de Dirty Dancing– y la escucho para comentarles, aunque me dan ganas de escuchar “Make Me Lose Control”, en una simplísima línea asociativa. Es que soy un cursi sin retorno.). Una guitarra y un teclado que te avisan que hay algo misterioso y cacofónicamente pretencioso. Cuando la percusión entra con tutti, en un ritmo pop para mí inesperado, ya está declarada la receta: la melancolía cool, retro y que nos da algo para recordar a los treintañeros. Luego viene “VCR”, que es algo que estos muchachitos no conocieron, neonatos de la era del minidisc. La melodía nos balancea mientras nos adormecemos en cierta cuna suavecita y dulce. Hay algo interesante en The xx: el cuidado que asignan a la demolición del sentimiento monocorde. “VCR” puede creerse como otra aventura amorosa miles de veces cantada por Roxette (hombre y mujer enamorados y que van a la fiesta a bailar y jau duhiudú duhuidú). Ja, acá no: estos chicos están en la tensión de un quiebre, a pesar de saberse en el hype: tienen hormonas, están en Londres y Cris Morena los quiere para celadores del próximo orfanato. ¿Se puede reconocer esa profundidad de sentirse torcidos y desgarrados, a pesar de tenerlo facebookianamente todo?
¿Qué se cantan? Ellos susurran per turnum: “We watch things on VCR / Talk about big love / I think we are supertars / You say you think we are the best thing”. Estos son los sofía coppola de la canción: chicos ricos que tienen tristeza. Es el mismo manifiesto de MGMT (“Let's make some music, make some money, find some models for wives”, y luego: “Love must be forgotten, life can always start anew. / The models will have children, we'll get a divorce. / We'll find some more models, everything must run its course”), pero puesta la cinta al revés, y esto es producto de la nostalgia a todo trapo, condensada en estas tres letras que recuerdan otros tiempos (tan evocadores de un ubi sunt como la comunidad posible que muestra Be Kind Rewind). ¿Qué ve esta pareja? Parecería que historias de amor, aunque no dejamos de sospechar que todas están maqueteadas por horas de sofá y VHS, DVD, MTV, 13/20, the works.
ALERTA. Se aproxima un frente de pedantería y frase categórica y pedorra a la manera de Enzensberger: Será que todo amor es así, libretado por los migrés que, como cupidos fluorescentes, llenaron de pajaritos nuestros pensamientos.
FIN DEL ALERTA. GRACIAS.
The xx es una música que ya me la sé. “Shelter”, por ejemplo, me hace recordar una vez cuando cayó en mis manos el demo de un juego de computadora, llamado Top of The Pops (una especie de Cantañiños británico). El programa electrónico en cuestión era la posibilidad de mezclar y editar una gran cantidad de pistas para armar tu propio hit. Si uno lo hacía con cierto sentido común y algo de gusto, salía una pieza a la que, les aseguro, “Shelter” le debe un aire de época. Seguramente se trata de una educación sentimental en común: todos hemos bebido de las mismas aguas.
Pero, alas!, The xx es un buen grupo. Hay algo que estos muchachitos hacen bien, claro que sí. ¿Será el despojo, ese por el que parece que se olvidaron usar un par de pistas de Top of The Pops, como lo habían olvidado también (pero más bizarramente) los de The Walkmen? ¿Será la nota siniestra que me da miedo?
No puedo decirlo. Lo que les aseguro es que, desde mi alma constipada (lo escuché hoy en una peli que se llama en español algo como Estafa de amor (The Bloom Brothers) y que no está mal) que brinda con actimel sus bien afeitados treinta años como trompadas, The xx funciona. En el concierto de esferas en que se ha transformado el moco de mis recuerdos, hay una cuerda que vibra.

jueves, 17 de diciembre de 2009

El gatopardismo de Flashforward

Estuve viendo series. Como quedarme ciego sólo me acerca un poco más a Homero, es decir, a un pobre diablo, no me preocupan los rayos catódicos. Por eso, estuve viendo series. Ahora me acuerdo de la canción de Roxette "Debería haber sido amor", que es el upgrade de "It Must Have Been Love": es una foto kirlian de lo que siento: en la hermosa gramaticalidad china escuchamos la letra: "Es amor, no es amor, no lo sabo".
Estuve viendo series y me encuentro perturbado por un sentimiento que no sabo cómo llamarlo.
Entonces, a por él:
Me gusta
Lost, claro. Soy el fan número uno y quiebro piernas si me dicen lo contrario. (A su vez, moriré yo con la cabeza quebrada por una máquina de escribir: ciego y desparramado). Sin embargo, la fórmula no viene sirviendo en otros productos. Digamos, Flashforward. ¿La sucesora de Lost? Ja, de esta serie sólo tiene dos o tres actores choreados, nada más.
Pero hubo un tiempo mejor, digamos los dos primeros episodios. El primero de la temporada trajo una idea interesante y, por qué no, perturbadora. Durante algunos segundos, tal vez más de cien pero menos de trescientos, cada ser humano atraviesa un estado de inconciencia. ¿Desmayo? ¿Hipnosis? ¿What? Bueno, se va sabiendo a lo largo de las semanas.

Imagínense esto: que todos los muchos miles de millones de nosotros nos desplomemos sobre la tierra, la mesa, el ascensor, el asiento, la escalera, el vacío. ¿Cuántos no sobreviven a esta experiencia? No recuerdo, pero creo que se baraja casi la doble docena de millones de personas.

Hay algunas escenas memorables: un mundo dormido que continúa con la lenta inercia sin control. Un micro que avanza hacia el lago, etc. Un pequeño apocalipsis, como decía David Byrne. Me hace acordar al único minuto por el cual valió la pena ver toda la insípida primera temporada de Las alocadas crónicas de Sarah Connors. Último episodio, úlitmo bloque. Un hermoso clip con la banda sonora de Johnny Cash "Esa-con-el-título-que-no-puedo-recordar-y-tengo-fiaca-de-buscar-el-disco". (Veremos si me inspiro más tarde: si esto se lee tal cual lo estás leyendo, amable lector, es que tiré la toalla). El malísimo Terminator (malo no por malvado sino por mediocre, digo) está embarricado dentro de una habitación de motel, al tiempo que una banda de expertos policías arremete contra la puerta, entra pistola en mano y, uno a uno, son arrojados por el aire, vuelan sobre el pequeño balcón y caen en la piscina. Cámara lenta. Y Cash, que siempre es hermoso. Trece capítulos para un momento bien armado; sin embargo, no me devolvió el tiempo perdido. Tal vez si mojo esta madalena en mi tila...

Bien. Estamos con
Flashforward y sus inquietantes imágenes de la calma chicha, mientras no hay quien haga más que dormir y soñar. Recuerdo un documental que mostraba cómo sería el mundo dentro de miles de años si en este preciso instante el ser humano desapareciera (¡puf!) del valle del samsara. (No estoy inspirado hoy, ya lo sabo). Me suena una campana, nomás.
¿Les cuento el
spoiler del día? Bueno, los buenos de la serie (la policía) encuentran una filmación que muestra que, durante el desmayo colectivo, al menos una persona se paseó lo más pancho entre una multitud inocente. ¿Quién es? ¿Por qué no aparenta estar aterrada, sino más bien confiada en sus acciones?Préguntenle a los guionistas, no a mí.
Hubo otra cosa más: durante esos segundos de dormilona, todos soñaron con exactamente el mismo futuro. Las conversaciones, al día siguiente, eran algo así: "Soñé que me pedías el divorcio", "Sí, y yo soñé que te decía que no"; "Señor, disculpe, tal vez no me conozca, pero soñé con usted", "Hola, Sandra, ¿cómo estás? ¡Claro que te conozco!". Y otros parlamentos memorables por el estilo.
Así contado, a pesar del pobre estilo con el que me muevo, parece que la serie pinta interesante. A mí, al menos, me interesó en un comienzo. Pero todo concluye al fin.
Flashforward ya es historia de otro fracaso. Se transmitieron nueve episodios, quedarán todavía por transmitir, a partir de marzo de 2010, una docena más, creo. Pero está haciendo agua, porque el argumento es una trampa en la que los guionistas cayeron, indianas jones torpes que tensan la cuerda y luego la pisan: los dardos les atraviesan el corazón.
La serie ahora lucha en dos frentes: primero: descubrir por qué pasó lo que pasó y si, eventualmente, puede volver a ocurrir de nuevo (conspiraciones, etc.); segundo: para aquellos que soñaron con un futuro sombrío (que estaban borrachos, que tenían el alma en pena, que estaban muertos) todo se reduce a torcer el destino o, mejor, averiguar si es posible torcerlo (metafísica paluchiana). Todo es un gran circo: por un lado, la conspiración es de cartón pintado y, por el otro, el destino no se puede cambiar. Lo siento muchachos, con estas cosas tenemos que arreglárnosla.
El enorme sudoku en el que están metidos los guionistas no permite que la historia se expanda y se desarrolle imprevisiblemente, ya que las premisas son demasiado rígidas como para salirse del molde. Y recuerden, si Flashforward intenta ser la heredera de Lost, entonces necesita tener un guión muy desarrollado y detallista pero, al mismo tiempo, debe tener la desfachatez para patear el tablero y desbordarse en nuevas direcciones.
Porque en Flashforward todo se ve reducido a si el destino es verdadero destino o sólo un libro de Ludovica Squirru. Si se responde con la segunda alternativa, si el futuro es imprevisible y lo que todo el mundo soñó, por más ominoso que fuera, no es el destino, los guionistas pierden el 50% de sus ideas: sólo les queda la línea argumentantiva de la conspiración high tech + bobadas sobre metafísica del tiempo y conciencia del hombre. Por lo tanto, el destino tiene que ser justamente eso. Lo siento, pero parece que en Flashforward el futuro no es una astronave que intentamos pilotear, porque el piloto está en automático.
Ahora: si los guionistas nos están cocinando a fuego lento para poder llegar, a través de un insípido mar calmo donde se puede hacer la plancha televisiva, a aquel futuro soñado por los personajes (especialmente los policías, ya que estos son quienes luchan contra los chicos malos nerds apocalípticos), los episodios anteriores a aquel que transcurra en ese futuro (creo que es abril de 2010) son una simple trampa para turista. Necesitan aparentar que ofrecen muchas líneas argumentativas, pero serán sólo excusas para arrastrar todo el paquete narrativo hasta el momento de interés. Nada más que eso, porque los guionistas especulan con las palabras del filósofo: "Nada nos puede pasar, todas las bicis y los barcos".
Ojalá que los guionistas en estas vacaciones decidan hacer lo contrario.
¿Es amor o no es amor lo que siento por Flashforward? Lo supo ser, pero fue de verano. Del '98. Y eso es el pasado, Flashforward debe mirar hacia el futuro (y más allá).

jueves, 3 de diciembre de 2009

Ahí va: feliz día, los médicos

Hoje acordei sozinho como um anjo sem asas

De la misma manera como Miguelito una mañana se levantó pedante, yo hoy me levanté Narosky. Por eso quiero ser el rey del aforismo. Decir cosas como estas: Cuando el amor te abraza, te abrasa. No sé si lo inventé, lo soñé (mejor es soñar números del Toto Bingo, digo yo) o se lo chafé a alguien. No importa, porque ya está. Ahora puedo hablar de otra cosa: el primal scream me puso como una seda.

Post scriptum. Una vez enviado este texto al éter, quise saber si había malparido o no el dichoso aforismo. Mi sorpresa fue más grande que si hubiera encontrado que el aforismo tenía dueño: el reenvío de mi consulta por la frase "cuando el amor te abraza" fue el link a una página cuyo título era: "Ángel que vuela sin alas". El título del texto publicado por quien suscribe fue simplemente una combinatoria fonética, un simple ejercicio gramático y una brevísima consulta al diccionario. ¿Quién me explica la coincidencia?

viernes, 27 de noviembre de 2009

Relatos pentágono

1.-
No lo recuerdo muy bien, pero en Sierra Morena a Don Quijote le dio por hacer en cierto momento (digamos que por la mitad del volumen de 1605), algunas cabriolas que demostraban cuán enamorado se encontraba. (Nota mental: releer Don Quijote, pero esta vez la versión completa, no la escolar). No estoy seguro de esto, pero creo que Don Quijote hace lo que hace porque supone que el narrador, fuera quien fuere, estaría tomando notas de sus estupideces, para luego escribir sus gallardas aventuras. ¿Es así, Amado Alonso? Yo no lo sé, pero me viene bien comenzar por aquí. Y que la verdad se las arregle sola...
De lo que estoy hablando es de la vida guionada. De practicar el coqueteo insistente de la adolescente que le importa un rábano ese hormonal virgen con el que está hablando, sino que sólo quiere que el otro (Joaquín, de 5to C, ya tiene registro y le gusta andar en motitos en Gesel) vea el maquillaje y el peinado y el hombro desnudo. El teatro de la vida, sin más.
Todos tenemos un narrador (un brujito mago) que escribe para el chisme. De ahí la hermosa frescura que se desprende con una mezcla de haiku y samsara: el bendito "¿Qué estás haciendo?" del Facebook. Un día voy a escribir: "Mitosis", que es básicamente lo que vine haciendo desde que el Buddha me digitó este plano humano, porteño y miope.
Las narraciones de la existencia son taimadas: veamos esa crispación de la primera cita. ¿Cómo explicarse uno, cómo presentarse ante esa deidad dignada a compartir una cesta de pan con un pastenaca? ¿Cómo representar todo lo que aquel señor, fijado en el comercial de la colonia after shave, no necesita representar porque, ante todo, lo es?
Bueno, ¿qué quería contarles? Ah, sí. En el mundo de hoy, que no es muy diferente del de ayer ni del de 1605, continuamos exhibiéndonos en el escaparate de ofertas. Desde que la cantidad de libros, obras, teorías y monstruos racionales nos aplasta con sus patas caudalosas, hemos decidido resignar cada idea por el mero pasatiempo. El viejo rezongo de 1984 se hizo realidad hace ya tiempo y nos enfrenta todavía con sus armas que parecen bombuchas (es decir, inofensivas) pero que pueden, ¡ojo!, estar hinchadas de meo.
Vengan los reality shows, las narraciones finiseculares cuyas tramas parecerían remitirse a un microanálisis del tic, del tropiezo y de la mueca casi involuntaria. Un simple mechón de pelo que debe ser acomodado detrás de la oreja o un mate que tarda unos segundo de más en pasar de mano (aeguraríamos que el roce de los dedos está demorado, vibra), o incluso la tarde perdida en una meditación al margen de una lluvia que limita los movimientos en la piscina, la granja y el cuarto de juegos... ¿No hay una educación sentimental aquí?
Se pueden hacer lecturas dispares. Las más obvias (que aceptamos, claro) no son las que nos interesan. Buscaremos, por el contrario, la comprensión. La hipnosis de los largos paneos que exhiben cómo se mastica una tostada al calor de un vacío de ideas, tanto como la fascinación por la búsqueda del encendedor entre las sábanas, debajo del forro de la almohada, en el cajón de la espumadera... ¿Por qué, entonces, creer necesario que haya una vaca que ordeñar o una fiesta de disfracer que encarnar?
2.-
En 2009 nuestro tiempo libre tuvo la oportunidad de satisfacerse con dos obras, una televisiva y otra editorial. La primera fue una serie británica llamada Dead Set. La segunda es una novela del escritor argentino Sergio Bizzio: Realidad. Ambos transcurren en las casas de Gran Hermano y sus alrededores, los pasillos secretos desde los cuales se espía qué sucede dentro, las salas de edición, el canal, el barrio... Cada una de las casas instaladas y activas recibe un ataque externo y, debido a eso, cambia por completo el panorama de lo que hasta el momento se llamaba "juego". En Dead Set todo se descalabra con una invasión de zombis; en la novela Realidad, un grupo fundamentalista toma de rehenes a todo aquel que se encontraba en el canal y, por pura mala suerte, los chicos que participaban en Gran Hermano sufrieron ídem.
¿Por qué narrar las peripecias de una yunta, dentro de una casa filmada, sólo a partir de la injerencia de lo anormal? La chispa de mi inteligencia basada en libros de Barthes me ofrece esta respuesta: porque dentro no pasa nada. Y la cisura de Rolando se adelanta y responde con esas fotocopias de Heidegger que leyó para el segundo parcial: porque el ser se expone cuando algo-a-la-mano se abre en el modo de la disfunción.
Y así. Las narraciones de reality shows suponen que, de no haber una avanzada novedosa (y la novedad viene siempre de afuera), el relato de lo que ocurre dentro es tan vano como las mismas grabaciones del programa. Un texto que narre sobre un reality show tiene que diferenciarse de él (y esto es lo más fácil: ceci n'est pas une pipe!). La premisa es contar algo distinto y, por ende, que ponga en evidencia los mecanismos del Gran Hermano, las vaciedades de los participantes, la codicia del productor, y un sinfín de payasos de la comedia del arte.
Alguien me anduvo contando que la velocidad es a la sensibildad lo que el video es a la estrella radial: el perfecto asesino. La cosa viene por este lado: a medida que este homo sapiens sapiens se encaramaba en vehículos más y más rápidos, se fue adaptando a una tecnología del confort, a una pedagogía de los micromovimientos y a una confianza en los reflejos: en definitiva, el cuerpo se difuminó. Hoy día, si pensamos así, ¿qué es el cuerpo, entons?
No sé. Pero si fuera así, ¿qué diríamos de esos seres que frenan sus cuerpos por meses, que sólo se mueven de la piscina al confesionario, del confesionario a la habitación compartida para ver, tal vez, un torso o una nalga? Es el cuerpo el que se irrita en cada centímetro cuadrado, y sin necesidad de producir una fiesta árabe o una sesión del juego de la botella. Cuando se asienta el deseo y la lubricidad del ojo, de la mano, de los espacios compartidos, el freno de esta pausa es la omnipresente velocidad de la fibra óptica.
Ahora, durante la estación lluviosa, los monjes tailandeses, los de la tradición forestal, se retiran a su kuti y meditan hasta que el clima cambia a otro más benigno. Es un trimestre de quietud, monotonía, austeridad extrema. Las largas estancias en la posición que privilegia la mente tranquila se extienden ilimitadas. Sin velocidad, ¿qué hay del cuerpo? Claro que dirán que esta práctica hace que desaparezca: hay un escape y una pasividad. Yo no lo creo. Pienso que se logra una densificación intolerable del mundo, y sólo los privilegiados transcurren en ella.
¿Ven el paralelismo y la diferencia? En ello se nos va la apuesta. Me pregunto cómo podemos estar un cuarto del año sin hacer nada, ya sea en la cabaña del monje, ya sea en las instalaciones del Gran Hermano (los caminos divergentes ahora no interesan). Es sintomático que una docena de chicos (digamos, en la veintena, sin olvidar que toda producción exige la participación de un(a) treintañero/a y de un(a) cordobés/esa) puedan dejar de integrar la sociedad por tanto tiempo y nadie resienta de tal falta. Si esto es así, es porque la sociedad declara la prescindibilidad de grandes masas mientras haya consumidores. Y consumidores es lo que sobran (vienen sobrando). El desperdicio del ser humano no lo inventaron los productores ni nadie, pero es un gran mecanismo de concentración. Sí, claro: estos chicos están acumulando lo que sea que después les brindará la posibilidad de ser ellos mismo los consumidores. Pero, a la larga, no es un cálculo de resta cero, sino que lo producido muestra los tintes de la consumisión en el amplio espectro. Las narraciones de los reality shows no vacilan entre la lobotomía y el apático spleen posmo. Muy por el contrario, sus leyes narratológicas, conjugando tanto modos de existir ya impuestos en el mapa colectivo humano (pero en una inversión escatológica), como mitologías contemporáneas sobre las irresistibles tentaciones de la velocidad, el éxtasis, etc., construyen relatos que atrapan no por la idiotez del espectador (en una sincronización con el participante, ya que el que ve el programa bien podría estar "jugando" dentro del show), sino por la sordidez misma de la fábula. De ahí que el reality show sea, sin más, la consumación de la realidad consumible.
3.-
Como dijo el gran emperador de Mongo: ¿continuará?

Crisis? What Crisis?

Tocaré mi tambor para él.
¡Parrampampampán!
Tocaré lo mejor que pueda.
¡Parrampampampán!
¡Rapampampán!
¡Rapampampán!

Estuve escuchando "Attics of My Life", de Grateful Dead. ¿Por qué no me gusta ni pizca esta banda? Más allá de todo lo que quieran, que soy esnob, que soy geek, que soy mortal, pavadas como esas que no me afectan, lo cierto es que "Attics of My Life" fue absolutamente innecesaria en este momento. Como me dijo alguien en su interlengua sino-española: "Me siento lástima, él me perdió".

Yo también soy pobre.
¡Parrampampampán!

¿Qué quiero decir? ¿Adónde apunta esta crisis? ¿Hablo del default en Dubái? Sí, sí, claro, justamente a eso me refiero.

Cantinero, ¡sirva otro tequila que quita mi herida!

¡Rapampampán!
¡Rapampampán!